Viernes 16 de abril del año 2010. Once. Mediodía.
Luego de haber cursado los 2 bloques de materias que tuve ese día, salí de la universidad y emprendí el regreso a mi casa.
Dejando atrás 2 estaciones de subte y unas 3 cuadras caminadas llegué a la estación de Once donde tomé el tren Sarmiento con destino a la estación de San Antonio de Padua.
Si bien no había realizado ninguna actividad física estaba cansado, con sueño y un tanto impaciente por llegar a mi casa.
Aunque entré al vagón sin esperanzas de encontrar un asiento libre para poder viajar sentado lo encontré y no dudé en ir a ocuparlo. Todo parecía indicar que sería un viaje largo pero cómo hasta Padua hasta que en un momento una señora con un bebé en brazos se para al lado mío.
Por un momento pensé en no cederle el asiento pero lo hice, por lo que recibí un “gracias” a cambio, tanto de la señora como de otra chica que viajaba a su lado.
“Gracias”… una palabra tan simple pero con mucho valor, y más en estos días en los cuales los buenos modales empiezan a escasear. Aunque parezca loco, esa palabra quedó retumbando en mi cabeza.
Luego, empecé a preguntarme si alguien en el vagón había visto lo que yo acababa de hacer. Uno pensará: “no es la gran cosa, es tan sólo ceder un asiento” pero por otro lado es algo que no todos hacen por no salir de la comodidad de su asiento.
Obviamente, no esperaba que nadie me entregara una medalla por el acto que acababa de realizar pero sí esperaba que la gente tomara como ejemplo mi actitud.
Sin previo aviso empecé a sentir una enorme alegría. ¿Alegría? Se preguntará uno. ¿Alegría de qué? ¿De viajar parado casi una hora en un tren que se balanceaba seguido, lo cual hacía que el dolor en mis rodillas se sienta bastante? Sí, efectivamente, viajé gozoso de estar parado.
¿Por qué siento esta alegría? Me pregunté y, al meditarlo, más tarde encontré la respuesta: DIOS.
Dios me premió con esa alegría por el acto que yo acababa de realizar momentos antes y aunque no salvé una vida, sino que sólo cedí un asiento a una mujer con su hijo, lo hice de corazón.
Esta anécdota me hizo entender que no importa cuan grandes sean tus actos, siempre y cuando los realices de corazón y con el fin de hacerle bien o ayudar a otra persona.
Dios no ve con los mismos ojos que el hombre; no mira la grandeza de tu acto, sino la grandeza de tu corazón a la hora de realizarlo.
Pituso Maxo